
Ahora que el sol se hace tirano y nos ahoga con sus calores desbordantes, cuanto se agradece la sombra de un buen árbol. Ya pueden ponerse tendillos, toldos, sombrillas o sombrajos, las hojas livianas de un árbol son la mejor de las medicinas para el sofoco solar.
Siempre he admirado de lejos los sicómoros, esos gigantes de las estepas con sus ramas en forma de paraguas. Son el remanso de muchos animales que no tienen otro refugio al que acudir cuando los déspotas fuegos solares les queman hasta el tuétano medular.
Aquí, junto a la ventana del rincón desde dónde escribo, hay un níspero y un granado, entre otros matojos y plantas. El níspero ya ha fructificado. El granado ha retoñado ha muy poco. Y ambos, aunque en este momento no me cubran con sus ramas, pues quedan fuera y a un lado de la ventana, porqué el sol asoma por el lado opuesto de la casa, si me ofrecen un pequeño e íntimo paisaje que agradezco profundamente.
Al llegar la tarde, el amable níspero filtrará la luz directa del astro rey, y como siempre que las nubes no lo impiden, le dará al comedor un aire de nostalgia primaveral acogedora para los ojos y dulce para el paladar, pues sus frutos están madurando a velocidades de vértigo.
Despacio, no corráis tanto, a ver si a fuerza de prisas se nos estropea la cosecha.
Que agradecidos y hermosos son los árboles.
¡Cuanto les aprecio y admiro!
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