20.4.06

Museo Sorolla

Madrid, 16 de abril de 2006, mañana soleada y fresca.
Entramos en el jardín de la casa, porqué además de un museo, era su casa; creo que aun es su casa. Unas plantitas frescas y reverdecidas nos saludan, y el canturrear del agua nos acuna.
¿Que tiene esa casa que me estremece de placer?
La huella de un hombre, su arte, su sencillez de forma y de fondo.
La habilidad de hacer elegante los simple.
Tuve ya un encuentro con él y su obra. En esta segunda ocasión ya sabía a que atenerme.
El baño del caballo es un cuadro que la primera vez me dejó perpleja. Esta segunda vez ya no me sorprendió por el lugar donde estaba situado, pero me causó una profunda impresión emocional. Esta vez lo sentí vibrar ante mis ojos de tal forma que se me rompió la voz y lloré. No puedo evitarlo. Creo que me sucede frente a esa imagen, lo más parecido a eso que llaman el síndrome de Stendhal, la belleza sentida hasta límites insoportables para la percepción.
Aquí dejo el enlace de la web. Si váis a Madrid no dejéis de visitarlo, es un lugar extraordinario.

En uno de los escalones del jardín, tropecé y me caí. Todavía me duelen varias partes del cuerpo, y a pesar de todo, volveré por poco que pueda a ese pequeño gran oasis de ternura.

11.4.06

Los hermanos árboles


Ahora que el sol se hace tirano y nos ahoga con sus calores desbordantes, cuanto se agradece la sombra de un buen árbol. Ya pueden ponerse tendillos, toldos, sombrillas o sombrajos, las hojas livianas de un árbol son la mejor de las medicinas para el sofoco solar.
Siempre he admirado de lejos los sicómoros, esos gigantes de las estepas con sus ramas en forma de paraguas. Son el remanso de muchos animales que no tienen otro refugio al que acudir cuando los déspotas fuegos solares les queman hasta el tuétano medular.
Aquí, junto a la ventana del rincón desde dónde escribo, hay un níspero y un granado, entre otros matojos y plantas. El níspero ya ha fructificado. El granado ha retoñado ha muy poco. Y ambos, aunque en este momento no me cubran con sus ramas, pues quedan fuera y a un lado de la ventana, porqué el sol asoma por el lado opuesto de la casa, si me ofrecen un pequeño e íntimo paisaje que agradezco profundamente.
Al llegar la tarde, el amable níspero filtrará la luz directa del astro rey, y como siempre que las nubes no lo impiden, le dará al comedor un aire de nostalgia primaveral acogedora para los ojos y dulce para el paladar, pues sus frutos están madurando a velocidades de vértigo.
Despacio, no corráis tanto, a ver si a fuerza de prisas se nos estropea la cosecha.
Que agradecidos y hermosos son los árboles.
¡Cuanto les aprecio y admiro!

3.4.06

Humildad


Soy la música y la paz,
soy la luz de una sonrisa,
soy la dulce y suave brisa
que sopla sobre la mar.
* *
Soy la fuente más veraz,
soy la mano más sincera,
soy el amor que te espera
prendido en la primavera,
y la luna más tenaz.
* * *
Y soy el cielo encantado
de una estrella que no alcanzas,
soy un baúl de esperanzas
de algún sueño insospechado,
y una lágrima fugaz.
* * * *
Yo soy un rayo que besa,
la infinita fortaleza
de tu oleaje tenaz
que lame la playa y no cesa,
y el descanso más solaz.
* * * * *
Soy la nieve de los montes,
el manto de blanco eterno,
soy el calor del invierno
el consuelo de los pobres,
y la huída del averno.
* * * *
¿Seré, algún día, capaz
sin que me cause extrañeza
de mantener la entereza
en mi hora señalada
cuando termine mi suerte?
* * *
Yo elijo el son de mi vida,
y al acercarse la muerte
desenvainando su espada,
me adormeceré silente,
entre mi alma descarada
y el corazón sonriente.
* *
2 de abril de 2006
Rosa María

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